1/7/15

El jueves negro en el Pacaembú CBF (...)

Se pudrió todo ese jueves. Pero todo, eh. La verdad, a ciencia cierta, era imposible imaginar que podríamos ser protagonistas de semejante escándalo. Un despelote con todas las letras. Pero sucedió. Y la historia, por más que querramos olvidarla, no la podemos cambiar. Sirenas por doquier, dos ambulancias, cuatro o cinco patrulleros, un par de nosotros que terminamos en el hospital, otros que terminamos en cana y uno que volvió a su casa y le pidió, todavía con las canilleras puestas, el divorcio a su mujer. Y todo eso pasó después de uno de los tantos partidos de los jueves que terminó siendo único. Lo raro, lo más raro de todo, fue que nunca habíamos vivido algo igual. Ni el jueves anterior ni el primero de todos los jueves que iniciamos este inmodificable ritual. Y más raro aún es que tampoco volvimos a vivir nada igual. Por que, como no podía ser de otro modo, el jueves siguiente, como si nada hubiese pasado, volvimos a jugar. Y todos los jueves posteriores nos juntamos otra vez y jugamos, como sucederá, espero, durante muchísimos jueves más. Y estoy convencido de que no volverá a pasar. Porque ese jueves, en serio, se pudrió todo.

Jueves 25 de abril de 2013. No me puedo olvidar de la fecha porque además fue el día después de mi cumpleaños número 40. Para agasajar a mis compañeros y amigos de fútbol, había llevado una picada para compartir con las habituales cervezas regenerativas post partido como aperitivo de una importante choriceada. Una picada y una choriceada que nunca comimos. Los chorizos, imagino, los recalentaron y se los vendieron a los clientes que vinieron al otro día. Imagino que no los tiraron a pesar de que más de una botella de cerveza voló y estalló en la zona lindera a la parrilla dejando esquirlas de vidrio verde por todas partes.

Ahora, mientras escribo estas líneas, me gustaría averiguar quién se comió la picada. Era una tabla espectacular, como para 20, con aceitunas de todos los colores y gustos, berenjenas en escabeche y ajíes en vinagre... Para mí que la picada se la comió Oscar. Y, la verdad, se lo merecía. Si le rompimos todo aquella noche de jueves. Pobre viejo. Al menos se dio un gusto después de tanta malasangre. Seguro que se hizo un “permitido”, como decimos los que debemos hacer dieta en forma crónica y vivimos engañándonos con “permitidos no permitidos”. Calculo que tanto fiambre le haría volar por las nubes la presión y los triglicéridos, a los que dos por tres maldice porque siempre le dan altísimos en los análisis de sangre. La picada le tiene que haber caído como una bomba... Pero, insisto, se la recontramerecía. Además, debe haber tirado como cinco días con semejante tabla. El viejo debió quedar agotado después de pasar toda la noche juntando vidrios, limpiando los manchones de sangre y ordenando todo el desastre que le dejamos. Se merecía mucho más que una picada para 20. Se merecía el Nobel de la Paz.

Tiempo después me enteré que fue el propio Oscar el que intercedió rápidamente con el dueño, Ezequiel, el hijo del finado Ramón, para que volviéramos a jugar ahí, en las canchitas del Pacaembú CBF, después de ese jueves negro. Y no creo que haya sido un acto de retribución por la picada que ligó de rebote. El viejo, un grande, nos quiere como a su familia y nos debe haber protegido un poco. Es que el hijo del finado Ramón se había vuelto loco cuando se enteró que su “local” (lo llama así el muy turrito, no le dice “canchitas” como todo el resto de los mortales) había sido el escenario de un violento hecho policial. Esa misma noche, en realidad en la madrugada del viernes, Ezequiel, recaliente, me había dejado un par de mensajes en el celular. “No los quiero ver más, manga de boludos. Me cago en la amistad que tenían con mi viejo. Búsquense otra cancha”, decía uno. Y el otro seguía: “Ah, me olvidaba... Ayer se fueron sin pagar. Y tengo que sacar las cuentas para ver cuánto me deben por todos los destrozos que causaron, animales”. Me molestaron un poco las formas. Pero en el fondo, debo reconocerlo, algo de razón tenía... Por eso no lo atendí ni lo mandé a la puta que lo recontraparió...

Sin embargo, el sábado, cuando pasé con Manuel y Fidelito para saldar las deudas, Oscar me dijo que Ezequiel lo había pensado mejor y había cambiado de opinión. Que éramos clientes de toda la vida, que Ramón no se lo perdonaría desde el cielo y le ordenó que nos dijera que, si queríamos, podíamos volver a jugar en el Pacaembú... Siempre y cuando le prometiéramos que nunca más armaríamos semejante escándalo. Parecía extraña tanta amabilidad viniendo de Ezequiel, que sólo pisaba el “local” para buscar la recaudación, que nunca saludaba a nadie a pesar de que todos los conocíamos de pibito. Era un chetito malcriado. Nada que ver con Ramón que era puro barrio. Ezequiel se había llevado toda la genética de la muy conchuda de Silvina, su mamá.

La cuestión es que cuando Ramón se murió, el año pasado, le dejó las canchitas al pibe. Pensábamos que las iba a cerrar y que iba a dejar a Oscar sin trabajo y a nosotros sin nuestro lugar sagrado de los jueves. Estuvimos muy preocupados. Pero Pacaembú CBF es una mina de oro. Y al pibe le gusta más la guita que las minas. Pensándolo bien, entre nosotros, al pibe nunca lo vi con una mina. Tampoco le gusta demasiado el fútbol. No me extrañaría que sea un poco trolo...

Antes de morirse, Ramón había invertido bocha de dinero en el viejo Pacaembú: las canchas de tierra pasaron a ser de alfombras de caucho de última generación, transformó el quincho que estaba repleto de recuerdos y secretos, el del tablón con caballetes, en un buffet que merece ganarse como mínimo una estrella Michelin... Te lo resumo con un dato: la Brahma y la Palermo casi siempre tibionas pasaron a ser Stella Artois y Heineken frappé. Y las empanadas tipo canastita que hace la nieta de Oscar son una cosa de locos que superan ampliamente los siempre bien venerados pebetes que transpiraban grasa debajo de la campana de vidrio. Otro detalle de luxe: el agua caliente, después de décadas, llegó a los vestuarios, que ahora hasta tienen espejos y lockers. Parece, y no es joda, el vestuario de la cancha del Barcelona.

El pobre Ramón puso la guita, pero no lo pudo disfrutar. Increíblemente, le agarró un infarto el día anterior a la inauguración. El corazón no resistió tanta ansiedad, a tanto entusiasmo por ver concluido un proyecto que siempre había soñado. Tampoco resistió a la pendejita que se estaba comiendo. Un año antes se había separado de Silvina y estaba reconstruyendo su vida con una pibita del estudio. Pibita... Más que pibita, era una bestia la morocha. Dicen que se había tomado la pastillita azul antes de meterse en la catrera. Y, pumba. No la contó más. Ezequiel heredó el negocio y no para de levantarla en pala. Ojo, ya que estoy hablando de pala... Para mí, además de un poco trolo, el pendejo tiene pinta de falopero. Pero no se lo digan a nadie. Tal vez es un prejuicio mío porque pienso que ligó todos los genes de la conchuda de Silvina, que desde que la conozco vive empastillada.

Por suerte sigue estando Oscar. El viejo es Matusalén: tiene, como mínimo, 90 años. Es más, es viejo desde que tengo memoria. Sus amigos le dicen el Gallego. Nosotros le decimos Oscar, a secas, sin don ni ningún otro título nobiliario. Vino de España de “chiquitu” y jamás perdió el acento de su Pontevedra natal. Habla todo “cerradu”. A veces no se le entiende un “caraju”. Sobre todo, a medida que fue perdiendo el comedor y se transformó en “bidente”. Con be larga, eh, nada que ver con los adivinos...
Oscar se había jubilado por una discapacidad que nunca supimos bien cuál era porque al viejo, salvo la cuestión dental que disimulaba con su frondoso bigote, se lo veía entero. A partir de entonces se encargó de administrar el campito en el que cuando éramos chicos jugábamos todos los días de la semana, de domingo a domingo. Siempre estaba ahí. Los pibes del barrio, los mismos que aquel jueves casi causamos una tragedia, nos juntábamos todas las tardes ahí hasta que nuestros hermanos mayores nos sacaban a las patadas. Y después venían los viejos, nuestros viejos, y los sacaban a ellos a patadas. Así, democráticamente, se repartían los turnos del baldío: matiné, vespertino y trasnoche. Todo con la venia de Oscar, obvio...

Con el paso del tiempo, el campito se recicló en un complejo de canchas de fútbol. Todo gracias a Ramón, que apenas ganó sus primeros juicios como exitoso abogado, antes incluso de comprarse su propia casa y de irse de lo de sus viejos, se transformó en el propietario del baldío luego de una serie de arreglos con la Municipalidad. Lo alambró, dividió la cancha de once, que en realidad era de nueve, como la de Piraña, en tres canchitas de papi, pero de tierra y conchilla. También armó una casita al fondo para que allí viviera Oscar. Así fue como Ramón, que era muy amigo de mi hermano, se transformó en el dueño de Pacaembú CBF. Se llamaba Pacaembú por la admiración de Ramón por Sócrates, Corinthians y toda esa historia de la Democracia Corinthiana. Durante mucho tiempo creímos que CBF era por la Confederación Brasileña de Fútbol, pero en realidad fue una casualidad. CBF eran las siglas de Complejo Barrial de Fútbol.
La idea de Ramón era tener una cancha para sus amigos y para los amigos de sus amigos. Pero tuvo tanta visión, por no decir tanto culo, que a los pocos años se produjo una explosión inmobiliaria en el barrio y casi todas las casitas bajas y chalets se transformaron en torres de 20 pisos mínimo. Lo que para la mayoría de los viejos vecinos era una mierda porque el barrio perdía su identidad, para Ramón se convirtió en un negoción. De tener, como mucho, 20 potenciales clientes, las canchitas pasaron a tener 400. O más. Y el Pacaembú se fue para arriba. Está siempre lleno. Eso sí, por más que venga un jeque de Arabia Saudita, nosotros nunca perdimos nuestro turno de los jueves a las 10 de la noche. Ni siquiera después del escándalo de aquel jueves.

Pero volvamos a ese maldito jueves negro. Como les decía, era el jueves posterior a mi cumpleaños de 40 años. Estábamos casi todos los “titulares” o “fijos”: Manuel, Fidel, Fidelito, Felipe, Matías, Pancho, Minucho, Francisco y yo. Sólo faltó el Bepi, que puso una excusa muy poco creíble para pegar el faltazo... Por eso, por su condición de miembro fundacional, el Tano se ganó un lugar entre los diez que salimos a la cancha. A cinco minutos de empezar, Pancho avisó que había pinchado una goma del auto, que iba a llegar tarde. Por eso, para no quedar rengos como el auto de Pancho, Peluche completó la decena. Y, como se trataba del festejo de mi cumpleaños, habían venido Néstor, el Tanito (no el hijo ni el hermano, pero se parecen un montón), Roma, el Negro, el Uruguayo, Gastón, Pucho, Lito, Darío, Chaleco, Nico, el Coya, Miguel, Martino, Corcho y el otro amigo de Martino que nunca me acuerdo cómo carajo se llama. Ellos ya sabían que iban a mirar de afuera. La idea inicial, a pesar de que al otro día era viernes y casi todos teníamos que trabajar, era muy sencilla: jugar y después clavarse la picada y la choriceada entre birra y birra. Yo me hacía cargo del morfi. Y la bebida la costeábamos entre todos. Pero la mano, ese jueves, venía cambiada.

No habían pasado cinco minutos y a Peluche le tiró cuando quiso pegarle al arco después de gambetearme a mí, que había arrancado en el arco y, como casi siempre, ofrecí poca resistencia para salir a jugar lo antes posible. Como había tanta gente afuera, algo que no sucede casi nunca, Peluche pidió el cambio sin vacilar. Para mí, Peluche quería tomarse una cerveza. En realidad, quería tomarse otra cerveza. Es que había llegado muy temprano y, pensando que no jugaba, ya estaba entonado, casi en pedo... A Peluche, que en realidad se llama Javier, le decimos Peluche por obvias razones. El tipo es un oso, tiene pelos por todos lados, hasta en la frente. Así, casi sin probar esa pierna fea y peluda que tiene para ver si podía seguir, Peluche aprovechó la volada y le dejó su lugar a Martino, que era el único que estaba en jogging de los que estaba afuera, del otro lado del alambrado, tomándose una birra para pasar el rato.

Martino es una de las recientes adquisiciones del plantel rotativo de los jueves. Es amigo del Tano y empezó a venir para cubrir huecos hasta que quedó como alternativa. No es “titular o fijo”, pero ya está en el estadío anterior que es “casi fijo”, la misma condición que ostentaba el Tano, que fue “titular” durante mucho tiempo hasta que perdió el lugar cuando se fue a vivir a Bariloche. Entonces, heredó la titularidad Minucho, condición que no perdió a pesar de que el Tano, a los cinco años, más o menos, regresó de Bariloche y, sin vacilar, volvió a estar disponible para el partido de los jueves. Lo mismo ocurre con Corcho, el amigo de Martino, y con Roma, que no son titulares, pero son casi fijos pese a que vienen a jugar mucho más seguido que Francisco y Pancho. Incluso vienen más que el propio Minucho, que sólo perderá su condición de titular si se muda lejos o no viene por más de un año como hizo alguna vez el Tano. Parece complicado, pero lo importante es que nosotros entendemos nuestras reglas.

Lo concreto es que Martino, que se parece mucho al ahora DT de la Selección y por eso le decimos Martino pese a que en realidad se llama Miguel, entró a jugar. Y lo primero que hizo fue tirarle un caño a Felipe, como los que solía tirar el verdadero Martino cuando era jugador. Para completar la escena, para entenderla, hay que contar una intimidad: Felipe no se lo banca demasiado a Martino. No hay nada personal porque en realidad el problema de Felipe es con el Tano. Y como no se lo banca al Tano, tampoco se lo banca a Martino por el simple hecho de ser amigo del Tano. El problema de fondo, más allá de que uno es peronista y el otro medio trosko, es que el Tano, cuando volvió de Bariloche, se casó con Laurita, la novia de la infancia de Felipe y también prima de Silvina, la ex del finado Ramón. Y Felipe nunca pudo superarlo ni se lo perdonó. Ni al Tano ni a los amigos del Tano, a quienes además acusaba de “infiltrarse y contaminar con gente extraña” a la banda de los jueves. Sin embargo, la tirantez personal nunca salió a relucir en los partidos de los jueves. Hasta ese jueves, claro.

Al caño inicial de Martino lo siguió otro caño riquelmeano, acompañado por un socarrón “ole, burro” que escuchamos todos. Parecía un chiste. Nada más. Pero no. Así fue cómo se armó la gorda. En la jugada siguiente, Felipe, sacado, le tiró un terrible patadón a Martino, que se levantó, lo pecheó y lo empujó. Intentamos separarlos. Yo agarré a Felipe y Manu se puso delante de Martino. Pero Felipe estaba desencajado, se soltó y, lejos de quedarse en el molde, le acertó un trompazo a la nariz de Martino.
Tuvo tanta mala suerte Martino que, al perder la vertical, cayó dentro del arco y pegó con la nunca contra el caño de atrás, el de la base. De repente, con la cara llena de sangre, empezó a convulsionar. Francisco, a los gritos, le pidió a Oscar que llamara a una ambulancia. Mientras tanto, sin perder tiempo, Fidel, que era médico, lo empezó a asistir. Las convulsiones se frenaron de golpe y todos creímos que Martino se había ido del otro lado... Pero a los cinco segundos, los cinco segundos más largos de mi vida, Martino abrió los ojos. Lo primero que hizo fue buscar con la mirada a Felipe. Cuando lo encontró, lo enfocó y le tiró: “Estás muerto, chabón”. Y luego se desvaneció.

Al toque llegó la primera de las ambulancias. Se lo llevaron a Martino, que se fue acompañado por Fidel y por el otro amigo que nunca me acuerdo cómo se llama. Y nosotros, el resto, nos quedamos en Pacaembú. Ya sin ganas de jugar ni de comer picada o choripanes. Había sangre de Martino por todos lados. Felipe, arrepentido por el brote de furia que lo cegó, no sabía dónde meterse. Me acuerdo que me pedía el número de Martino para mandarle un mensaje. Pero lo peor de todo es que lo peor todavía no había pasado.
En el medio de todo el despelote, Corcho había desaparecido. Todos pensamos que se había ido detrás de la ambulancia. Pero no. Mientras nos terminábamos de cambiar y otros apuraban las cervezas que habían pedido antes del incidente, Corcho, de quien nadie sabía el nombre real, apareció de la nada con dos vagos enormes. Encararon derecho hacia Felipe y le empezaron a dar una paliza soberana. Yo me abalancé encima de uno, me le colgué del cogote, y me sacó como si fuera un mosquito. Lo mismo pasó con Peluche y con el Tano, hasta que Roma y el Tanito les partieron un par de botellas en la cabeza a los dos amigotes de Corcho. Piña va, piña viene, cinturonazos, botellazos, sillazos y todos los “azos” que pueden imaginar pasaron en esos diez minutos que duraron, para mi (dis)gusto, más que la Guerra de los 100 años. Se pudrió todo.

Cuando nos quisimos acordar, en el medio de todo el quilombo que se desató por la batalla campal, ya había caído la Policía. De hecho, sin darme cuenta, le tiré una trompada a uno de los canas, lo que motivó que terminara esposado y fuera sin escalas a la comisaría. La misma mala suerte corrió Roma, a quien engancharon justo cuando le estaba partiendo la enésima botella en la cabeza a uno de los amigotes de Corcho, que estaban más duros que las Rocallosas. Los dos ursos esos, que tiempo después nos enteramos que eran de la barra de Los Andes, también terminaron con nosotros en la comisaría. De hecho, pasaron un par de días adentro porque tenían antecedentes para todos los gustos. El resto, no sé por qué, zafó... A nosotros nos sacó el Tano, que era abogado y conocía al comisario. Si no hubiésemos pasado, como mínimo, toda la noche en el calabozo. El Corcho también cayó en la comisaría. No sabía dónde meterse porque se había dado cuenta de que la había cagado cuando fue a buscar a los dos barrabravas. A él también lo sacó el Tano.

Felipe, por calentón, se llevó la peor parte. Los dos monos le dieron una paliza para que no se olvidara nunca jamás y también se fue del Pacaembú CBF en ambulancia. Lo bueno es que terminó compartiendo la habitación con Martino. Y ahí, luego de pasar las 24 horas de observación juntos, los dos con conmoción cerebral y heridas leves, limaron las diferencias.

Para el que tardó mucho más en terminar la noche, a pesar de que ya era de día, fue para el Tano. Llegó a su casa cuando ya el sol pegaba sin disimulo, después de sacarnos a nosotros de la comisaría y de darse una vuelta por la clínica para ver cómo estaban Felipe y Martino. El tipo era nuestro Petrocelli, nuestro héroe. Llegó a su casa a eso de las nueve y media de la mañana, todavía en pantalones cortos, con los botines puestos y con las canilleras debajo de las medias. Laurita, la ex de Felipe, prima de Silvina, le hizo una escena cargada de reproches. El tipo se cegó como Felipe con Martino. Y casi que no lo pensó. En su lógica, después de una noche de mierda, llegó a la conclusión de que todo lo que pasó en Pacaembú había sido culpa de su mujer. Le pidió el divorcio y al poco tiempo se divorciaron.

El jueves siguiente, después de ponernos al día con todas las cuentas que nos pasó Ezequiel y de pedirle perdón a Oscar por el quilombo que le habíamos dejado, volvimos a jugar al fútbol. Lo bueno de todo esto es que el Tano y Felipe se reconciliaron después de varios años de guerra fría por culpa de Laurita, ahora ex de Felipe y del Tano. Martino, que no tuvo secuelas del trompazo y del golpazo, aceptó el ofrecimiento de disculpas de Felipe, que tampoco tuvo secuelas de la paliza que le dieron los dos monos de la barra de Los Andes. Felipe también aceptó las disculpas que le ofreció Corcho por haber traído a los dos roperos esos, que algunos meses después terminaron sumándose al staff de “casi fijos” para los partidos de los jueves. Lo mejor de todo fue que ese jueves y todos los jueves siguientes, entre cerveza y cerveza, nos cagamos de risa del jueves de mierda que había sido el jueves negro en el Pacaembú CBF.


21/6/15

La genética no falla (Feliz día, papá)

Mis hermanos mayores, como hacen casi todos los hermanos mayores con sus hermanos menores en casi todo el mundo, aseguraban que yo era adoptado, que no era parte de la familia. Se aprovechaban con toda la maldad posible de la diferencia de edad: Adela me lleva nueve años y Fernando, siete. Por eso, cada vez que me ponía fastidioso, y eso era muchas veces por día debo reconocerlo, me tiraban el dardo venenoso. Y siempre les funcionaba. Para completar la estrategia común, los dos aseguraban que un año antes de que yo llegara a la casa, ellos se habían ido de vacaciones a Disney. Juraban que había un álbum con fotos que estaba escondido en algún lugar secreto para que yo encontrara pruebas de aquella "verdad" que me revelaban a medias.

Era un juego de chicos. Yo lloraba cada vez que me lo decían. Me escondía detrás de un sillón. Y pensaba si podía ser cierto. Cuando encontraba fotos que me mostraban como bebé, Adela y Fernando se ponían de acuerdo y decían que ese sí era su hermano, pero que se había muerto al poco tiempo de haber nacido. Y decían que yo había llegado unos meses más tarde. Mis viejos lo negaban sistemáticamente, pero la duda me acechaba porque, algo paranoico como ahora, siempre percibía una mueca de sonrisa cuando me decían que no me preocupara, que era una simple broma de mis hermanos mayores.

Esa mueca no era el único indicio que me alertaba. Sin entender nada de nada sobre herencia genética había una cuestión que no me dejaba tranquilo y que alentaba la posibilidad de que la versión de mis hermanos fuese real: en mi casa era al único ser humano que amaba el fútbol. Al resto no les gustaba, salvo Fernando que algo de interés mostraba, aunque mínimo y lógico culturalmente en un país como el nuestro.

Y había un dato más contundente que era el que más me hacía creer la versión de mi supuesta falta de lazos sanguíneos que esgrimían mis hermanos: mi viejo lo odiaba y todavía tiene el mismo sentimiento. De hecho, nunca dijo tener simpatía por algún club de fútbol, nunca pisó una cancha y, como prueba irrefutable de su relación nula con el deporte en el que "veintidós boludos corren detrás de una pelota", se fue a trabajar con su taxi, sin radio ni pasacasete, durante la final del Mundial 86. Y yo no lo podía entender.

En la escuela primaria, todos mis compañeros hablaban de fútbol. Lo recuerdo como si fuera hoy: los lunes, mientras esperábamos que sonara el timbre para entrar el aula, se armaban unas terribles tertulias futboleras. Todos los lunes eran así, en las gradas del salón de actos en invierno o en el pilar que separaba el patio de baldosas del patio de tierra durante los días de otoño y primavera. Incluso, la mayoría había ido a la cancha con sus padres a ver a Boca, a River, a Independiente, a Banfield, a Los Andes... Yo miraba de afuera. Apenas había escuchado algún partido por radio y en volumen mínimo, amortiguado por la almohada, para no molestar la paz del hogar. De hecho, mi viejo aseguraba que su odio irrefrenable por el fútbol se remontaba a su infancia y se debía, entre otras cosas, a que un vecino que ponía la Spika a todo lo que daba, sábados y domingos, escuchando los partidos de fútbol.

Ojo, no era solo mi viejo el que odiaba el fútbol. A mi vieja tampoco le gustaba nada. De hecho, cuando le decía que me llevara a jugar a algún club, ella decía que no, que era mejor que jugara al tenis o al básquet, acompañado siempre la negativa por una frase lapidaria: "El fútbol es un deporte de brutos". No me quedaba otra que inferir que yo era un bruto porque el fútbol era por entonces lo único que me interesaba. Otro argumento que le sumaba veracidad a la teoría de mis hermanos sobre mi condición de hijo adoptado.

Fui creciendo y poco a poco me fue importando menos lo que me decían Adela y Fernando. Ya me daba igual. Si no eran familia de sangre, los cuatro que convivían conmigo eran quienes me querían y me cuidaban. Por lo tanto, no me importaba demasiado si era adoptado o no.

El asunto se zanjó una tarde de verano. Fue en la playa, en unas vacaciones en no me acuerdo donde. Me parece que fue en San Bernardo. O en Mar de Ajó. Estábamos con una familia amiga, los Donati. Y los chicos estábamos jugando un cabeza. Todavía no existía el fútbol-tenis, pero era lo que más se parecía. En un momento, en un intento por no perder otro punto, evito que la pelota toque la arena, pero la mando a cualquier lugar. En realidad, no fue hacia cualquier lugar. La pelota se dirigió sin escalas y a velocidad crucero a la nuca de mi viejo. El golpe no sólo lo sorprendió y lo sacudió, sino que también le hizo soltar el libro de Carl Sagan que estaba leyendo y provocó que los anteojos de sol se le cayeran a la arena. En milisegundos, el viejo se dio vuelta y gruñó. Tomó sus ojotas y pensé que se venía un castigo. Pero no. Lo miró a su amigo, Carlos, y le dijo: "¿Les enseñamos a estos pibes cómo se juega al fútbol?"

Las ojotas de mi viejo se convirtieron en un arco y las de Carlos construyeron el otro. Los dos jugaron con Diego, el más chico de todos los chicos que estábamos ahí, contra Fernando, Guillermo, Miguel y yo. Nos pegaron un baile tremendo. Carlos, se sabía, jugaba bien. Pero mi viejo fue toda una sorpresa. La pisaba con elegancia, amagaba y no erraba un pase. Y eso que el ciático, como ahora, ya le jugaba una mala pasada. Nos ganaron por afano y después nos metimos todos al mar para sacarnos la arena de encima.

Al salir del agua, mi viejo me abrazó y mientras me envolvía con una toalla para que no tuviera frío, me contó que hacía más de 40 años que no jugaba a la pelota. La vez anterior había sido con sus amigos del barrio, en un terreno baldío que estaba a la vuelta de su casa. En ese picadito, se armó una pelea, una batalla campal. Terminaron todos en la comisaría. Fue entonces cuando se había prometido no jugar nunca más. Fue entonces cuando el fútbol se convirtió para siempre en eso, "en veintidós boludos corren detrás de una pelota". Me confesó mientras me secaba que cuando era chico el fútbol le gustaba casi tanto como a mí. Pero que ese episodio que lo había mandado por única vez al calabozo, sumado a la tortura auditiva a la que lo sometía el vecino de la Spika escuchando fútbol a toda hora, lo habían puesto en la vereda de enfrente.

Fue el final de aquel interrogante sobre si era adoptado o no. Fue también la única vez que jugué al fútbol con mi viejo. Está claro que la genética nunca falla.

17/6/15

El Caño y Panchito (...)

La intuición no me traicionó. Lo presentía desde el otro fin de semana, cuando jugaba al fútbol con amigos como casi todos los sábados y tomé una triste seguidilla de malas decisiones sobre el caucho de las que tiempo atrás eran “Las canchas de los curas”. Parecían, en principio, apenas unos errores más, intrascendentes. Unos cuantos de tantos deslices, esta vez producto de los excesos del asado de la noche anterior. Como máximo, una nueva mala tarde en mi poco agraciada vida como deportista ultra amateur. Pero no era así. Nunca antes me había pasado. Nunca antes me había sentido así.

Me puse a pensar un poco y llegué a algunas conclusiones. Me lesiono cada vez más seguido. Me pierdo goles que antes no me perdía. Los compañeros de turno me putean con mayor frecuencia. De casi siempre pasó a siempre. Síntomas que se repiten. Síntomas que llevan a una conclusión irreversible. El fútbol, lamentablemente y poco a poco, me abandona. Y es una sensación horrible.

Sin embargo, lejos de resignarme ante la verdad que ofrece la realidad, sentí la necesidad de buscar el porqué. No podía aceptar que la muerte del futbolista que llevo adentro llegara de manera repentina. Debía existir alguna explicación racional o irracional que me ayudara a entender lo que me está pasando. Pensé y pensé. Primero supuse que se trataba de la inminente e irremediable llegada de los cuarenta. Pero no. Hasta que me di cuenta de que el problema real es que el sueño, todavía vigente, de ser futbolista profesional se está terminando de deshilachar.

Lo confieso: tuve que recurrir a Wikipedia para ver la luz. Joaquín Irigoytía, Gastón Pezzuti, Federico Domínguez, Juan Pablo Sorin, Sebastián Pena, Mariano Juan, Guillermo Larrosa, Walter Coyette, Gustavo Lombardi, Leonardo Biagini, Julio César Bayon, Andrés Garrone, Cristian Díaz, Germán Arangio, Diego Crosa y Cristian Chaparro. Dieciséis de los 18 jugadores que integraron el plantel que fue campeón del mundo Sub 20 en Qatar 1995, el primero de los laureles que José Pekerman supo conseguir, están retirados. Son ex jugadores o, en el mejor de los casos, son directores técnicos. Pero ya no juegan a la pelota. La dos excepciones son Ariel Ibagaza, que defiende los colores del Panionios griego, y Panchito Guerrero, que todavía mete goles en el APEP Pitsilia de la liga chipriota.

Ellos dos, Ibagaza y Guerrero, son los únicos de jugadores que siguen en actividad de la Sub 20 que debí haber integrado si hubiese sido bueno con la pelota en los pies. Sin saberlo, ellos son la llama, débil por cierto, que se mantiene encendida y que todavía me permite soñar con que un día algún DT que esté fuera de sus cabales me llame para jugar un ratito en algún club para participar de algún campeonato profesional, por los porotos.

Cuando ellos digan basta será también basta para mí. Basta de goles errados en forma incomprensible. Basta de desgarros mal curados. Basta de puteadas de compañeros que creen que son futbolistas profesionales. Por ahora puedo seguir jugando. Todavía hay chances de que aparezca de la nada un reclutador que busqué un nueve de peso y con poco gol para reforzar el plantel y me lleve. Puede ser de Primera A. Pero también de la D o del Torneo Federal B.

Pero no pierdan tiempo, che. Porque no queda demasiado. Queda hasta que Ibagaza y Guerrero aguanten. Después habrá que hacer el curso de DT. Está claro que de algún sueño hay que seguir viviendo.

8/6/15

Notimáyique (...)

Hace 25 años, el 8 de junio fue viernes. Y no fue cualquier otro viernes. Fue el viernes en que arrancaba el Mundial de Italia ‘90, el Mundial que siguió al de México ’86, ese que marcó a fuego las vidas de aquellos que por edad no pudimos disfrutar de Argentina ’78, más allá de que en aquellos tiempos de botas y picanas, en realidad, no hubo demasiado para disfrutar.

Pero volvamos a ese viernes 8 de junio de 1990. Comienzos del menemato con la promesa de revolución productiva ya incumplida y el tsunami privatizador en marcha. El equipo de Bilardo jugaba horrible, pero con Maradona, se sabía, todo era posible. Y la ilusión era gigante. Se venía Argentina-Camerún, el partido inaugural, y en el colegio, el ENAM de Banfield, nos dejaron salir después del segundo recreo para que pudiéramos llegar con tiempo a nuestras casas para ver la fiesta de apertura y el partido.

Nosotros éramos adolescentes de 14 y 15 años. En plena pubertad, con las hormonas y los pornocos a full y, sobre todo, unos pavos etáreos importantísimos.
“Volveremos, volveremos; volveremos otra vez; volveremos a ser campeones, como en el ‘86”, cantábamos mientras nuestra preceptora intentaba sin demasiado éxito ordenarnos para la salida.

Estábamos, no me acuerdo por qué, en una pequeña aula enfrente de la que era nuestra aula habitual. Cantábamos y saltábamos como si estuviésemos en la tribuna del Giuseppe Meazza de Milán. Hacíamos pogo, nos empujábamos, volaban manos de un lado a otro. La preceptora se desesperaba. Nosotros no parábamos...

Hasta que pasó lo que pasó.

Empujé a uno de mis compañeros contra una pared y a otro contra la puerta. Nada personal. Eran los que estaban a mi lado... El flaco de la izquierda, Tucho, que por entonces no me quería demasiado porque yo era un gordito gil, se clavó el picaporte de la puerta en la cintura y reaccionó con algo de razón, aunque en forma desmedida. Me merecía un empujón. O un coscorrón. Pero no. Decidió tirarme una patada artera por la espalda. Adiviné su intención porque lo vi con el rabillo del ojo e intenté hacerme el Chuck Norris y frenar el ataque. Pero los reflejos no me acompañaron y en vez de recibir una patada, una más de las que solíamos intercambiar a granel entre los compañeros en aquellos tiempos en los que el bullying no era bullying sino cargadas crueles pero inocentes, terminé con tres dedos de la mano izquierda, el índice, el mayor y el anular, hechos un acordeón.
No me acuerdo demasiado lo que pasó entre la factura y el momento en que llegué a casa. Debo haber llorado porque me dolió un montón. Debo haber puteado al flaco. Sí me acuerdo de que me tomé los dedos con la mano derecha y los intenté acomodar. Sentí otro crac. Pero no me acuerdo mucho más. La verdad no sé si la preceptora se enteró de la situación. Debo preguntarle a los testigos.

Ya en casa, mi vieja se espantó con toda la secuencia y me llevó a la guardia del Policlinico de Lomas. Le pedí/rogué que esperara, que me dolía pero no tanto, que empezaba el Mundial y que quería ver la fiesta inaugural y Argentina-Camerún. No hubo caso. Me llevó de los pelos a la clínica. No había médicos ni enfermeros a la vista. Obvio, estaban todos mirando la tele en alguna habitación. El tiempo pasaba y yo me desesperaba. Apareció un traumatólogo y me mandó a hacer una placa. Otra vez tuve que esperar una enormidad hasta que el radiólogo, con velocidad ultrasónica, hizo su trabajo. La imagen era nítida: los tres dedos en cuestión estaban completamente rotos. Sin embargo, cuando regresé a la guardia, el médico miró la radiografía y aseguró que esa mano, que estaba toda hinchada y morcillosa, estaba bien. Que sólo era un golpe fuerte. Prescribió un poco de hielo y baños de agua y sal hasta que la mano se desinflamara. Mala praxis de acá a Yaoundé.

Volví a casa y el partido ya había empezado. Creo que prendimos la tele y al toque me di cuenta de que la mano, justo la mano, venía cambiada.Vi todo el segundo tiempo con los dedos sumergidos en una palangana llena de agua tibia y sal gruesa. Fue cuando entró Caniggia y los cameruneses lo cagaron a patadas, cuando François Omam-Biyik la mandó a guardar de cabeza, sacándole un metro y medio a Boquita Sensini en el salto y aprovechando la ayuda inestimable de los escasos reflejos de Nery Pumpido. No hubo manera de torcer ese 1-0. Y los dedos estaban cada vez más hinchados. Cada vez peor.

Terminó el partido y volví al Policlínico. El traumatólogo, otro, miró la placa y sin dudar levantó el teléfono. “Enfermera, hay que enyesar”, ordenó. Yeso hasta el codo, con el pulgar afuera por tres o cuatro semanas. El lunes, el 11 de junio, fui a la escuela con mi viejo, a quien le había contado la historia que desencadenó en la triple fractura. Fue a pedir amonestaciones para Tucho... Y para mí. Le dieron el gusto. Si ya me quería poco porque era un gordito gil, a partir de entonces me quiso mucho menos. Cosas de chicos. Ahora pienso que debería haber dicho que me había caído y listo. Pero no... Como Diego, me equivoqué y pagué.

Tuve el yeso hasta el viernes anterior a la final contra Alemania. Estoy convencido de que si no me lo sacaban salíamos campeones del mundo. Entre el bidón de Branco, el tobillo de Diego, las corridas de Cani, las atajadas de Goyco, la patada de Monzón a Klinsmann, la roja al Galgo Dezotti, el penal de Codesal, el antifútbol del Doctor. Cosas que pasaron hace 25 años, en el Mundial de la “notti magiche”, en el Mundial más inolvidable de todos los que éramos adolescentes. El Mundial de la mano enyesada. "Forse non sara una canzone..."

27/4/15

La Pintier de Aducci (...)

La verdad es que no recuerdo bien quién de todos nosotros fue el culpable. Creo que yo no fui. No estoy seguro. Lo que resulta imposible de olvidar es la secuencia que siguió. Los que estábamos ahí observamos con toda la atención del mundo cómo la pelota viajó cortando el aire y se dirigió al único lugar al que no debía ir, al único lugar donde ninguna otra pelota fue en la historia del Normal de Banfield. Siguió el estallido, el silencio generalizado y la cara de incredulidad de Aducci. Era imposible que sucediera lo que sucedió. Pero pasó. Podríamos haberlo intentado durante los cinco años que duró –para algunos– la Secundaria y, estoy casi seguro de que nadie lo podría haber logrado si se lo hubiese propuesto. Hoy, a más de 20 años de distancia, creo que ni siquiera Messi o Maradona lo podrían haber logrado. Sin embargo, aquella mañana de sábado, en uno de los partidos por el campeonato de fútbol de la escuela, los planetas se alinearon en contra del pobre Aducci.

Aducci no había empezado la Secundaria con nosotros. No recuerdo tampoco cómo cayó en nuestra división. Creo que fue en segundo año, después de un primer año filtro que dejó a varios en el camino. Aducci, si no me falla la memoria, llegó con Gómez. Los dos, rápidamente, se sumaron sin demasiados problemas al grupo. Gómez, que se ganó el apodo de Nerón luego de llegar una mañana con un corte de pelo digno de algún emperador romano, jugaba a la pelota como los dioses. La tenía atada. Lo de Aducci era más modesto. Pero era un buen defensor.

Ellos dos se sumaron a nuestro equipo, que había sido la grata sorpresa del año anterior en el campeonato que juntaba a las divisiones de primero y segundo años. Nadie daba nada por nosotros, sobre todo después de la abultada derrota que habíamos sufrido en el debut ante un equipo de segundo año, que no sólo nos goleó sino que también nos afanó un par de buzos durante alguna distracción. Sin embargo, el grupo se recuperó del golpe y del arrebato, y remontó. A tal punto de lograr en la última fecha la clasificación para las rondas finales. Llegamos, si no me equivoco, hasta las semifinales, donde sucumbimos ante un segundo año del vespertino que hizo valer la diferencia de edad y las mañas para dejarnos afuera del campeonato.

Lo concreto es que con las incorporaciones de Aducci y Gómez, el equipo de segundo año ganó dos baluartes. Pero, también, se ganó la posibilidad de jugar con una Pintier, la pelota más deseada por todos detrás de la Tango de Adidas, que era la que se usaba en el campeonato de Primera. La Pintier, en cambio, era la que se usaba en el Ascenso. Era la que más conocíamos todos. Como la mayoría éramos de Banfield o de Los Andes, a la Pintier la veíamos de cerca todos los sábados cuando íbamos a la cancha. Porque los partidos del Ascenso, salvo excepciones, se jugaban los sábados y solo sí los sábados.

Jugar con la Pintier era para elegidos. No sólo porque salía un montón de plata y era inalcanzable –además porque por suerte todavía no estaba instalado todo el circo del marketing alrededor del fútbol–, sino porque era, exagerando un poco, como jugar con una bola de bowling. Era muchísimo más dura que la pelota de gajos de cuero sin plastificar, esa que acostumbrábamos usar en el barrio y que a la primera de cambio se deformaba porque la cámara hacía presión contra las costuras o porque los gajos se resecaban si le pasabas algo de grasa como al cuero de los botines. Ni qué hablar de lo que pesaba la Pintier cuando se jugaba en una cancha de embarrada. O lo que dolía si te pegaban un pelotazo cuando jugabas un día de invierno o si la agarrabas media mordida a la hora de cabecear...

Aducci vivía atrás de la cancha de Banfield. Y gracias a algún defensor recio del Ascenso que despejó con vehemencia y sacudió la pelota por encima de las tribunas se hizo acreedor de una Pintier. Era como una reliquia para él porque no cualquiera era dueño de una pelota de semejante calidad. Sin embargo, lejos de atesorarla en alguna repisa de su casa, tuvo el gran gesto de compartirla y llevarla al colegio para que la Pintier fuera la pelota oficial de nuestro equipo. Entonces, si la memoria no me falla, el Centro de Estudiantes organizaba el campeonato, pero obligaba a cada uno de los equipos a traer una pelota. Era obvio que todos querían jugar con la Pintier. Y esa era una leve ventaja para nosotros que ya la conocíamos un poco mejor que los demás por jugar algún que otro picado con la pelota del Aducci. La cuestión fue que la Pintier duró muy poco. Nada.

Con el correr de las líneas los recuerdos se hacen cada vez más borrosos. De hecho, no puedo acordarme cómo salimos en aquel campeonato jugando para Segundo Tercera. Creo que nos fue peor que en primero. Pasamos de ronda, pero me parece que nos eliminaron en cuartos de final. Creo que en tercero, al igual que en primero, llegamos a las semifinales y en cuarto pasó lo mismo. Si no me equivoco, en cuarto perdimos por penales, luego de ir ganando 4-0 a los quince minutos del primer tiempo. Pueden decir que fue una gallineada, pero también vale aclarar que los rivales, otra vez de un equipo del vespertino, eran mejores que nosotros. De hecho, salvo cuando estuvo Nerón, nuestro equipo nunca se caracterizó por el gran talento de sus jugadores, sino por los huevos que teníamos. Nuestra enjundia potenciaba nuestro juego y nos hizo ganar muchos partidos que debimos haber perdido ante rivales superiores. Eso pasó con aquel 4-0 parcial de ensueño que más tarde se convirtió en pesadilla. Sobre todo luego de esa fatídica definición por penales en la que volvimos a dejar la chance de ganar... Estábamos convencidos de que en quinto año no se nos escaparía y seríamos finalmente campeones, pero en el verano se cayó el paredón que da a la calle Azara y el torneo del colegio no se jugó. Unos perdedores... Pero éste no es el eje de la historia. Es otra historia.

No sé si fue antes de empezar el partido o con el partido apenas empezado. Sí recuerdo que fue un zapatazo que voló y voló. Se fue muy lejos del arco. Parecía que se iría derecho contra uno de los ventanales de las aulas del primer piso, esas que estaban arriba del buffet, cerca de la que en algún momento fue la sala de música. Sin embargo, la Pintier tenía otro destino reservado. De la construcción sobresalía un fierro. Era un fierro que en algún momento había servido para fijar un caño o un cable. Bueno, la Pintier fue derecho, sin escalas, a ese fierro que se convirtió una bayoneta letal. Atravesó de lado a lado a la pelota. Hubo una pequeña explosión. Un ruido seco. Como si fuera un balinazo. Y la mirada de todos que inmediatamente apuntó al pobre Aducci. El partido, o lo que estábamos haciendo, se detuvo. El mundo también.

Casi sin dudarlo, Aducci fue corriendo a buscar la pelota en velocidad Ben Johnson. Trepó hasta el fierro como si fuese el hombre araña –no recuerdo si había una escalera– y llegó a descolgar la Pintier. Estaba totalmente desinflada. Se parecía más a una caja de pizza abollada que a una pelota profesional. Aducci la arropó como si se tratara de un familiar gravemente herido. No era para menos. La Pintier había quedado herida de muerte.

Tampoco recuerdo si la pudo reparar. De hecho, una vez que terminamos el secundario le perdimos el rastro a Aducci. A Nerón, que se había ido a probar suerte a Brown de Adrogué, lo perdimos mucho antes. Creo que a Aducci me lo crucé un par de veces en la cancha de Banfield. Recién lo busqué por Facebook, pero no me acuerdo de su nombre. Creo que se llamaba Marcelo. De lo único que me acuerdo bien es de su Pintier. La Pintier de Aducci.

24/4/15

Achalay (...)

No hay nada más mágico que los recuerdos a través de los olores. Son, por lejos, los mejores recuerdos. Son incluso mejores que las imágenes porque a las imágenes las solemos deformar y exagerar, casi siempre a nuestro favor. Le ponemos un poco de IVA para que la situación tenga un poco más de épica. Sin embargo, los olores no fallan. Porque te transportan mágicamente al lugar que dejó esa huella.

Por ejemplo, a diferencia de aquellos que lo padecen a diario por vivir en las márgenes con todo lo que conlleva, el olor a Riachuelo me hace feliz. Me traslada sin escalas a los paseos de los fines de semana, cuando mi viejo nos subía a todos al auto, el Chevy o el Taunus, para ir al Centro y caminar por Florida y Lavalle. Lo bueno de aquel nauseabundo y breve olor a Riachuelo, que también aparecía años más tarde cuando ni siquiera subíamos al Puente Pueyrredón e íbamos a Shopping Sur, en Avellaneda, era que siempre aparecía seguido por el delicioso aroma a galletita que brotaba en la avenida Montes de Oca por obra y gracia de la Bagley. Y también era increíblemente maravilloso el olor a Riachuelo porque eso significaba que al regreso, antes de volver a sentirlo y taparse dos segundos la nariz como buen burgués, pasaríamos para degustar el inolvidable aroma a quesos del Frigorífico Santiago de Barracas.

También es difícil de olvidar el olor a la casa de mi abuela, un aroma que se evaporó con ella. Porque yo vivo en la misma casa, pero el olor al caldo que preparaba todas las mañanas, ese que colaba cuidadosamente con algodón para sacarle la grasa, nunca más volvió. Ese aroma es mucho más personal. Aunque se puede identificar. En definitiva, es olor a caldo, aunque no hubo ninguno como el de mi abuela. Como el olor a Riachuelo, el olor a galletita o el olor a queso. Sin embargo, la cuestión no pasa por ahí.

El olor que me llevó a escribir estas líneas es otro. Y, por ahora, no lo puedo identificar con algo para que todos sepan de qué se trata. Admito que la culpa es mía porque soy un analfabeto botánico. Y siempre que paso por ahí voy solo o acompañado por otro que sabe menos que yo. El olor me lleva a la casa de mis otros abuelos, los que vivían en Córdoba. Es el olor que brotaba con fuerza desde la arboleda que rodeaba el camino de entrada tras cruzar la tranquera. Es mágico porque en esos dos segundos que dura el perfume que emana esa planta, árbol o no se qué, vuelvo a allá, a Loma Bola, al pie de los Comechingones, como lo hacía cada año cuando era chico luego de un largo viaje en el asiento del medio de la parte de atrás del Chevy o del Taunus. La verdad no sé si quiero averiguar de dónde sale. Por ahora, prefiero que sea único. Que sea mío. Que sea simplemente el olor a Achalay.

6/3/15

El mejor gol de la historia (...)

Dicen que el gol de Maradona a los ingleses fue el mejor de la historia. Eso dicen, pero Messi metió uno parecido, muy parecido, aunque menos trascendente, jugando con Barcelona contra Getafe. O sea, razonamiento rápido, si dos tipos, no importa que uno fuese Maradona y el otro Messi, hicieron el mismo gol, eso significa que ese gol, gambeteando rivales a velocidad Bolt y corriendo 50 metros, no era tan difícil de hacer.

Dicen los más memoriosos que Alonso hizo el gol que no pudo hacer Pelé. Eso dicen lo que vieron al Beto gambetear al arquero sin tocar la pelota y luego empujarla al fondo del arco, algo que Edson Arantes do Nascimento, el que algunos dicen que debutó con un pibe, no pudo hacer contra Uruguay en pleno Mundial de México 1970. Sin embargo, el gol que hizo Alonso y que no pudo hacer Pelé no fue ni por lejos el mejor de la historia.

Digo yo --y tengo nueve testigos que no sé si dirán lo mismo-- que el otro día metí el mejor gol de la historia. Es el último gol que metí en mi oscura carrera como aficionado. Lo hice, para agigantar la leyenda, con la rodilla derecha maltrecha, con dolores insoportables y haciendo ruidos extraños, como pidiendo a crujidos WB40 para que las articulaciones respondan mejor luego de pasar años bajo la esclavitud del sobrepeso. Pero eso no va a salir en los diarios...

Lo concreto es que aquel sábado, con los amigotes de los sábados, en la canchita de los sábados, la pelota vino desde lejos y cayó en mi pecho. La controlé, vale aclarar, con una sabiduría milenaria, como si supiera de esto tan hermoso que es jugar al fútbol... Ah, me olvidaba, yo estaba de espalda al arco y mientras la pelota caía al piso haciéndole caso de la gravedad, comencé a pensar la mejor manera de resolver la jugada. LA JUGADA, ¿entienden?

En milésimas de segundo y fruto de un rapto de inspiración (quería escribirlo, suena lindo), decidí unilateralmente meter el mejor gol de la historia. Decidí hacerlo porque me tenía una confianza ciega. Y porque también me importa un carajo que un compañero me raje una puteada por terminar mal una jugada. Y fue, nomás, el mejor gol de la historia. De mi historia, claro. Aunque, nobleza obliga, debo decirles que nunca antes vi un gol igual... Y eso que vi goles. Así que señores de la FIFA, de la CIA, de la SIDE (mejor, no) y de Youtube, les pido encarecidamente que revisen las grabaciones de sus putos drones, porque lo que hice ese sábado fue para que lo pasen en la próxima gala de Zurich y, obviamente, me den el premio Puskas que merezco largamente.

Bueno, como les decía, mientras la pelota bajaba tomé la sabia determinación de no dejar que la pelota picara, para no darle tiempo de reacción a los defensores y al arquero. Y también porque tardo algo así como media hora para darme vuelta... Pensé todo eso y más porque, mientras la pelota bajaba, también pensé en que tenía que pasar por el supermercado y comprar algunas cosas antes de volver a casa. Así, entre razonamiento futbolero y el recuerdo de no olvidar comprar pan lactal, tomé la determinación de sorprender a todos y definir de aire... Y con un tacazo.

Debo reconocer que unas semanas antes había intentado lo mismo y no hice más que pegarle al aire, mientras la pelota se la llevaba un rival. Sin embargo, ese sábado caluroso de febrero, bajo un tinglado que elevaba la sensación térmica y un pasto sintético que tiene la ilógica costumbre de crecer, le entré de lleno --esa sensación inigualable que conocen todos los que osaron jugar alguna vez bien o mal al fútbol-- y la pelota, para sorpresa de todos, incluso la mía, fue sin escalas al fondo del arco. Nada que hacer para el arquero. Gol. Golazo. Aplausos de compañeros y rivales. El mejor gol de la historia. Sin dudas.

Volví a mi campo para que el otro equipo sacara del medio con el brazo derecho en alto y el índice señalando las chapas de la canchita. Me dieron ganas de irme y llamar a una conferencia de prensa para anunciar mi retiro. Que no tenía sentido prolongar mi malograda carrera como futbolista y decirles que, pese a todo y como bien dijo Diego, la pelota no se mancha.

Pero había que terminar el partido. El gol de taco que acababa de meter, el mejor gol de la historia, significaba el empate. Había que ir por el triunfo. Por la victoria. Como siempre. Sin embargo, en la jugada siguiente quise tirar un caño para sortear un rival y para seguir alimentando la fantasía, pero la perdí y nos la mandaron a guardar. Al toque, nos metieron otro.

Al final, perdimos por dos. El gol no sirvió de mucho. No sirvió de nada. Mientras unos tomaban una bebida energizante, algunos compartían un agua saborizada y otros recuperaban fuerzas con una cerveza helada, nadie se acordaba del gol, EL GOL. Uno de mis compañeros, para colmo, tuvo el atrevimiento de cuestionarme ese fantástico caño que nunca jamás salió y que desembocó en un gol de los otros. Por suerte, el sábado que viene hay revancha. Capaz meta un gol mejor, uno de chilena con doble mortal incluida... No les prometo nada. Será muy difícil superar ese maravilloso gol que, insisto, fue sin dudas el mejor gol de la historia. Una pena que se lo hayan perdido...

8/1/15

Garrafa (...)

Nota con Garrafa. Predio de Luis Guillón. Me hace esperar un rato largo y supuse que se iba a ir a la mierda y me iba a cagar. Supuse mal.
Al toque aparece y me dice: "Dale, hablemos que me tengo que ir". Nos sentamos en unos troncos. Segunda o tercera pregunta y se larga a llover. Pienso otra vez que va a aprovechar para irse. Otra vez supuse mal.
La seguimos en el gimnasio. Como media hora. El, yo y mi grabador. Unos pibitos que no me acuerdo a qué jugaban no le sacaban los ojos de encima. Mientras tanto, nosotros hablamos de todo. Se venía el Reducido, ese que terminaría con final feliz en Quilmes y con él convertido en superhéroe maradoniano.
Estaba enfocadísimo cuando hablaba en serio. Era otra persona. Miraba para abajo. Caseteaba un poco. Pero, al toque, como en la cancha, metía un enganche y te tiraba un chiste.
Salimos caminando juntos. El encara para su autito nuevo y seguimos charlando. Alza la vista y unos metros más adelante ve a unos juveniles empujando un auto que no arrancaba. Me mira y me dice: "Dale, Gordo, vamos a ayudar". Así terminó la nota. Garrafa y yo empujando un 147. Era el mejor, pero era uno más. Por eso fue el más grande de todos.

29/9/14

La vida suelta de Ernesto XIX (...)

Apenas trepó sin demasiada dificultad lo que quedaba de un médano enano para dejar la playa, Ernesto se cruzó con una morocha que caminaba en dirección contraria. Tenía un bikini rojo, muy llamativo por lo diminuto. Paseaba un perro lanudo, casi tan diminuto como el bikini y como la propia morocha, que parecía comprobar en carne propia el viejo dicho sobre lo breve, si bueno, dos veces bueno. Ernesto la miró con atención lasciva. Ella sonreía. Y él sólo pensaba en algún acto telequinético que la dejara aun más en descubierto. Hacía mucho tiempo que no veía una chica con tan poca ropa y con tantas redondeces (y un perro tan chiquito y tan peludo). Laura, hace ya mucho tiempo ya, había sido la última mujer que Ernesto había visto desnuda. Y, pese a que Laura se mantenía muy bien, siempre delgada con sus piernas infinitas, ya no le despertaba el apetito sexual que sí le despertó repentinamente la morocha. No estaba desnuda, pero sí estaba a dos nudos (de muy fácil resolución) de estarlo... Sin embargo, la chica, sus nudos y el perro se perdieron gradualmente detrás del médano. Se alejaba como todo se alejaba en la monocorde vida de Ernesto.

Al llegar a la avenida 3, como aquella tarde de verano que acababa de recordar, comenzó a llover. Con todo. Ernesto corrió para cobijarse debajo del toldo de chapa de un negocio que vendía de todo pero que parecía llevar varios meses cerrado. Cada vez que se largaba un chaparrón, Ernesto pensaba en Luciana. Sin embargo, nunca había vivido una situación parecida. Es obvio que nunca volvería a repetirse un primer beso. Sin embargo, jamás perdió la esperanza de volver a encontrar una aventura amorosa a la salida de un temporal. Hasta esa mañana.

La primera señal fue la aparición a toda máquina del perrito peludo, al que detuvo con la agilidad de un arquero que rápido de reflejos se agacha y pone las manos con las piernas detrás como resguardo para evitar que la pelota se le escurra por debajo de su humanidad.

El perrito que literalmente atajó traía a cuestas la correa y con sus dientes apretadísimos el pedazo de un rastrillo de plástico, esos que usan los chicos para jugar en la playa. El perrito estaba todo mojado y enarenado. Temblaba. Como no la veía, Ernesto pensó en buscar a la dueña para devolverlo. Pero no resultó necesario. Apenas alzó la cabeza, vio a la morocha doblar en la esquina a toda velocidad y al grito desesperado “Coco, Coco, Coco, vení”. Como por arte de magia, la mente alteró la velocidad de la temporalidad. La escena comenzó a transcurrir en una súper cámara lenta, con nivel de detalle ultra HD, como si fuera la imagen que devuelve la última tecnología del más inteligente de los televisores de alta gama.

Para la mente de Ernesto, viejo adorador de películas ochentosas, la morocha recreó sin quererlo la escena de ‘La chica 10’, en que Bo Derek corre en bikini y en slow motion para delirio de los adoradores de Onán. Era mucho menos glamorosa la situación, está claro. No había un sol que rajara la tierra con un cielo celeste impoluto. Llovía y soplaba algo de viento. Tampoco era una playa paradisíaca, más allá de que Gesell, pese a todo, tiene sus encantos. Sin embargo, la petisa se las ingenió para levantar la temperatura de Ernesto, durante esos diez segundos que en su cabeza duraron 90 minutos, el alargue y la definición por penales más larga del mundo. Ernesto no tuvo demasiado para ofrecerle. Paralizado, la miraba con su peor cara de asombro, esa que pone en evidencia el adolescente alzado y en plena edad del pavo que todo hombre lleva adentro. Nada de Adonis apolíneo. Todo lo contrario.

Ya con la velocidad otra vez normal, la morocha llegó al refugio improvisado casi tan agitada como Luciana, la noviecita de la infancia, la de la clase de inglés, aunque al borde de un ataque de nervios.

-Ay, creía que se escapaba... Gracias, gracias… A ver, Coco, venga con mamá –hiló tres conceptos en una misma frase casi sin tomar aire mientras Ernesto seguía con la misma cara de monumental pajero-.

-Tomá, lo agarré justo. Está asustado el Boby –así le decía Ernesto a todos los perros-. No para de temblar –acotó mientras le alcanzaba el perrito a su dueña, que tampoco paraba de temblar-.

 -Lo que pasa es que se asustó mucho, pobrecito… Se estaba haciendo el valiente, le ladraba a un perro que dormía debajo de la casilla del guardavidas y, de repente, estalló un trueno y Coco salió despavorido. ¿Escuchaste qué fuerte que sonó el trueno? Para mí que cayó un rayo por acá –divagó-. Menos mal que estabas vos… Si no, no lo alcanzaba más. Te debo la vida -exageró-.
-...

-Me presentó. Soy Lola. Bah, Dolores. Pero todos acá me dicen Lola –se identificó antes de darle un beso, esos en los que por el apuro de la situación el labio de la dadora roza con la comisura de la boca del receptor, y un no menos efusivo abrazo-. ¿Vos sos?

-Ernesto.

-¿No sos de acá, no?

-No, vine a visitar un amigo. Pero como era muy temprano me quedé haciendo tiempo en la playa.

-¿Y cómo se llama tu amigo? Acá, cuando no hay turistas, nos conocemos todos…

-Salvador. Salvador Alfano…

-¿El gordo? ¿Vos sos amigo del gordo? ¡No te lo puedo creer!

Ernesto estalló en una tonta carcajada. Lola era explosiva. No sólo físicamente. También cuando hablaba. Los rulos negros eran contenidos por una vincha roja que combinaba con las dos piezas mínimas que contenían sus juveniles redondeces.

-Sí, soy su amigo, casi que somos hermanos, a pesar de la distancia y del tiempo que no nos vemos. Nos conocemos desde que éramos chicos. Igual, él no sabe que estoy acá… Le caigo de sorpresa.

-Ay, ¿pero vos tenés la misma edad que el Gordo?

-Sí...

-No te lo puedo creer. Vos parecés mucho más joven… Bah, no importa… Vení que te acompaño. Yo vivo a dos casas de su taller. Dale. Vamos...

-Mejor esperemos que pare de llover. ¿Fumás?

-No.

-¿No te molesta que me encienda uno?

-Dejate de embromar. Vos, después de lo que hiciste, después de salvar a Coco, podés hacer lo que quieras… Soy tu esclava –se rió y le hizo un guiño pícaro, entrecerrando un ojo y frunciendo el ceño de la nariz-. Bah, no te ilusiones mucho… Si tenés la edad de Salvador, sos muy viejo para mí. Es más, el Gordo fue mi “papá” por un rato -volvió a reírse-. El muy turro salió un par de veces con mi mamá… Dale, viejito, vamos a caminar, que ya paró.

22/9/14

La vida suelta de Ernesto XVIII (...)

Era verano. Una tarde pesada. Muy pesada. El sol hacía sentir su calor, pero no se veía. Ni un rayo asomaba entre la inmensidad de las nubes grises que ganaban la pulseada por el predominio del cielo banfileño. La humedad molestaba. Pero no importaba demasiado. Los huesos, todavía, no dolían. Y se largó nomás. Con todo, aunque todavía no llovía como llueve ahora. Al menos esa es la sensación que provoca la lejanía del recuerdo. Un chaparrón era un tormenta cortita, era el tiempo justo que servía como preludio para que los chicos armaran barquitos de papel y, cuando la lluvia amainaba, organizaran regatas con el agua que corría pegada a los cordones en busca de la boca de tormentas más cercana.

El chaparrón lo sorprendió a Ernesto camino a la clase de inglés. Iba con pocas ganas, a paso cansino, sin paraguas, pensando en la nada. En realidad, ya no se acuerda qué estaba pensando. Lo que si se acuerda es que la tormenta casi que no avisó. No hubo garúa ni llovizna. Estalló un relámpago acompañado por un trueno terrible y cayó un baldazo que lo empapó. Corrió en busca de algún alero protector que lo cobijara. Y ahí, todavía agitada y tan mojada como él, estaba Luciana.

-Hola.
-Hola.

Luciana era una de sus compañeras de inglés. La veía dos veces por semana hacía cuatro o cinco años, pero casi que no se hablaban. Ella era la más linda del curso. A Ernesto le parecía inalcanzable. Y esa distancia lo llevaba a alejarse. Una estupidez. La cuestión era que apenas cruzaban palabras cuando la profesora los hacía interactuar con algún diálogo extraído del libro de actividades. Y no mucho más que algún saludo de cortesía. Casi siempre un hola. Casi nunca un chau.

-¡Cómo se largó! -fue la primera frase inteligente que se le ocurrió a Ernesto como si tuviese la obligación de decir algo-.
-Uh. Sí, fue de golpe. Aunque mi abuela me dijo que me llevara paraguas y yo no le hice caso -le respondió Luciana con una sonrisa-.

No sabía qué más decirle. Se había perdido en la profundidad de su belleza, en el temor de decir una tontería. Se había perdido, sobre todo, en los laberintos de su timidez.

-Vos vas a la Normal, ¿no? -le preguntó mientras la lluvia no se tomaba descanso-. Sos compañero de Carolina González, ¿no? Ella juega al vóley conmigo en el Lomas Social y siempre me habla de vos.
-¿Carolina González te habla de mí? Si a mí ni me habla...
-Sí, dice que sos el más inteligente de la división. Y yo le digo que en inglés casi que no hablás...
-Sí, qué se yo... No me gusta demasiado.
-¿Quién? ¿Carolina?
-No, no... Inglés, digo.
-Ah... -lanzó una sonrisa hermosa- ¿Y Carolina? ¿Te gusta?

Ernesto, otra vez, no sabía qué decirle. Se sentía atrapado entre su vergüenza y el temporal. Quería que parara de llover y salir corriendo. En realidad, en un momento, pensó en salir corriendo y perderse para no volver nunca más a Ingles ni a la escuela ni a ningún otro lugar.

-Dale, Ernesto, decime. ¿Te gusta ella o te gusto más yo?
-...

Entonces, casi sin tiempo para reaccionar, Luciana se acercó y le dio un beso. De los de en serio. De los que veía en las películas de amor... Ernesto sólo recuerda que cuando reaccionó del impacto emocional había parado de llover.

-Dale, Ernesto, que vamos a llegar tarde a inglés...

Lo tomó de la mano y fueron caminando así las tres cuadras que faltaban hasta la casa de Miss Elisa. Antes de tocar el timbre, le dio otro beso. Salieron algo menos de un mes. Ella se fue con un pibe que jugaba al básquet, también en el Lomas Social. Luciana fue su primer beso. Su primer amor. En aquella época, los amores duraban casi tanto como un chaparrón.

1/9/14

La vida suelta de Ernesto XVII (...)

Esperaba que le alcanzaran su equipaje que había guardado en el depósito del micro y no podía entender cómo tardaban tanto en entregárselo si había sido el último en subir. Pero a Ernesto mucho no le preocupaba. Tenía todo el tiempo del mundo para no tener apuro. Asomaba un día nublado en Gesell y unas doce cuadras separaban a la terminal de micros de la casa del gordo Salvador. Era demasiado temprano para caer en lo de su viejo amigo y tenía que dejar que el reloj hiciese su trabajo. No quería sentarse en el bar para tomarse algo entre borrachines. Quería pensar. Por eso, decidió pasar por un kiosco para comprar un atado de cigarrillos, un encendedor y unas pastillas de menta.

Así, bolso en mano y aprovisionado, encaró para la playa tras caminar unas cuadras hacia el Norte por la Avenida 3. Entendió que debía reconciliarse con el mar y que en ese amanecer no había mejor lugar para que el tiempo pasara y para ordenar algunas ideas. Ernesto sentía que habían pasado cinco años de su separación de Laura. Y no porque extrañara. Todo lo contrario. Hacía tiempo que no se sentía tan libre, tan despojado de toda la mierda con la que había construido su vida.
Había muy poquita playa. El mar había crecido con muchas ganas durante la noche y la arena formaba una fina pasarela que poco a poco iba ganando terreno. Ernesto, ya sin zapatillas y con los pantalones de gabardina color crema arremangados por encima de las rodillas, se acomodó en un lugar donde tenía garantía de no mojarse y se sentó cuidadosamente sobre el bolso. Las paces con la arena había que hacerlas en forma pausada.

Allí, como señal de amistad, rompió el ritual de fumar exclusivamente en la cancha. Le costó encender el cigarrillo por el viento, pero lo logró luego de unos cuantos intentos. En ese momento, mientras saboreaba la primera pitada y sentía que el humo le calentaba deliciosamente la boca y la garganta, Ernesto pensó en que no volvería a hacer nada de lo que hasta el momento había hecho en su vida adulta. Chau a Laura, a su mundo y a la obsesión horrenda de controlar vidas ajenas que en el fondo no le interesaban nada. Adiós a los trabajos indeseables. Nunca más a la sumisión y a las rutinas. Había que volver a empezar. Y si eso implicaba sacrificios y dejar de hacer las pocas cosas que le gustaban, como seguir a Banfield a todos lados, estaba dispuesto a hacerlo. Ahora sus objetivos eran a corto plazo. Primero el reencuentro con el gordo Salvador y la búsqueda de un techo y un trabajo. Su plan más ambicioso, pensaba mientras apagaba el cigarrillo con la arena mojada, era buscar a Carla. Sólo había que ir a buscarla a General Madariaga sin mucha más información que su nombre y el recuerdo, tal vez aumentado, de su belleza.

La vida suelta de Ernesto XVI (...)

Y Ernesto se fue, como llegó, un poco confundido, sin la certeza de haber hecho las cosas mal ni la tranquilidad por haber hecho las cosas bien.

19/5/14

La vida suelta de Ernesto XV (...)

De tanto fingir, con los ojos entrecerrados, aunque espiando los movimientos de Carla, Ernesto se quedó dormido. Posiblemente ocurrió antes de pasar por el peaje de Samborombón. Al menos ésa fue la última imagen que guardó de la ruta 2, a la que creía conocer de memoria al cabo de inumerables idas y vueltas desde Buenos Aires hasta Mar del Plata y otras ciudades balnearias de la costa.

Una de las pocas virtudes que Ernesto creía tener era recordar vívidamente los sueños. Tanto es así que muchas veces confundió escenas de la vida real con situaciones puramente oníricas. Por eso nunca supo bien si fue cierto que Carla, con un inesperado espíritu maternal, lo abrazó, lo acarició y le dio un beso en la frente antes de quedar efectivamente dormido.

El sueño de Ernesto no tuvo demasiada lógica. Tras el abrazo de Carla, se trasladó mágicamente, como suele suceder en los sueños, a un recital de Silvio Rodríguez. Sonaba de fondo, con un loop infinito, una estrofa de “Óleo de una mujer con sombrero”. “La cobardía es asunto de los hombres, no de los amantes. Los amores cobardes no llegan a amores, ni a historias, se quedan allí. Ni el recuerdo los puede salvar, ni el mejor orador conjugar”.

El mensaje del subconsciente era un golpe directo al mentón de la conciencia. Un llamado de atención a esa actitud constante de desidia que caracterizaba a Ernesto, maestro de la relatividad cuando de cuestiones íntimas se trataba. Efectivamente, se había enamorado de Carla. En el recital de Silvio, Ernesto creía estar solo. Pero no. A su lado estaba Salvador, el Gordo Salvador. Vaya si tenía cosas en la cabeza que se resistían a salir en estado de supuesta lucidez.

A Salvador no lo veía hace mucho tiempo. Pero no les hacía falta verse. Eran hermanos. De hecho, se sentía más hermano de Salvador que de Gustavo. Una relación mágica que fue perdiendo cotidianeidad con el correr del tiempo, pero que no se resintió jamás. En el sueño, como en la vida, Salvador le guiñó un ojo y enseguida le pegó una certera trompada en el brazo, esas que duelen porque los nudillos se clavan en una inserción entre dos músculos. Ernesto lo sintió como si fuera real. Y le dijo: "Preparate que en un tiempo me voy a vivir con vos". Claro, Ernesto se había lanzado a la aventura sin siquiera saber qué era de la vida gesellina de su amigo. Y, tal vez, lavó culpas tratando de avisarle en forma telepática a través de las ondas delta del sueño profundo. "No hay problema, hermano. Para vos siempre hay lugar. Cualquier cosa, dormimos juntos", le respondió el Salvador onírico antes de largar una de sus clásicas carcajadas y de mudarse, como por arte de magia, en realidad arte de sueño, a un cabaret de mala muerte de la calle Eva Perón, en Temperley, donde iban a tomar whisky barato una vez que la noche se agotaba.

Ernesto se despertó cuando Salvador, desquiciado, gastaba sus últimos mangos en una morocha que se llamaba Yvonne y aseguraba, con serio riesgo de perjurio, ser brasileña y tener 24 años. Antes de abrir los ojos, sintió que un hilo de saliva le corría por la comisura de la boca. Se secó con un movimiento autómata con el puño de la campera y con su peor cara de dormido giró para intentar decirle algo a Carla. Pero la muchacha ya no estaba a su lado. Miró por la ventana y ya estaban en Gesell. Desesperado, Ernesto le preguntó a la vieja que le había cedido su asiento si sabía qué había pasado con la chica.

 -Se bajó en Madariaga, querido.

5/5/14

La vida suelta de Ernesto XIV (...)

-Carla. Lindo nombre –dijo Ernesto sin mirar a su interlocutora antes de acomodarse en el asiento que le había cedido una amable señora para evitar su inminente desalojo del micro. Habría deseado completar el “lindo nombre” con un pueril “como su dueña”, pero el miedo escénico lo dominaba cada vez que quedaba cara a cara con una mujer, incluida Laura.

Carla le respondió con una sonrisa, en silencio, como si supiera que su compañero de viaje no tendría mucho más para decirle. De cerca, a pocos centímetros de distancia, casi que no se le veían imperfecciones. Era como si hubiese sido extraída mágicamente de una de esas películas berretas de Hollywood, en las que la chica más bonita aparece de la nada en la vida del protagonista, generalmente un perdedor empedernido como Ernesto.

En otro momento, cuando era más joven y a pesar de su aversión al diálogo, Ernesto habría intentado entablar un diálogo con la muchachita que lo salvó de bajarse del micro por culpa de una vieja psicótica. Pero después de salirse del sometimiento de Laura y de su vida rutinaria, Ernesto no quería saber nada de nada con intentar relacionarse con alguien. En definitiva, había cambiado para no cambiar demasiado... Además, a ciencia cierta, palpó que sus posibilidades de sostener una charla entretenida con una chica mucho más joven (y tan bonita) como Carla eran ínfimas. La aburriría en menos de cinco minutos. Para qué sumar un nuevo eslabón de desencantos en su vida. Además, Ernesto evaluó rápidamente que la acción de evitar que lo bajaran del micro fue un simple ejercicio de justicia y concluyó en forma acelerada y apresurada que el gesto no tuvo nada que ver con un probable flechazo de Cupido. De hecho, si bien no podía confirmarlo con la implacable devolución de un espejo, Ernesto sabía que lucía mucho más impresentable que el resto de sus días, luego de haber pasado horas y horas redactando la carta de despedida para Laura y pasearse, bolso en mano, por media ciudad. Ni que hablar de las secuelas que habían dejado en su cuerpo el sándwich de salame y queso en pan francés y las dos cervezas enlatadas. La única impresión que podía causar era mala. O malísima.

Ernesto no sabía como consumir el tiempo. Incómodo, sintió vergüenza de sacar sus cómics para adultos ante la mirada de Carla, que podría pensar que era, como mínimo, un viejo pajero. Por eso, para evitar malos entendidos, eligió girar la cabeza para dormir las seis o siete horas que duraría el viaje hasta Gesell. Sin embargo, Ernesto no podía conciliar el sueño. Primero porque su cabeza no paraba de dar vueltas por todo lo que había vivido en los últimos meses y por toda la incertidumbre que sentía cuando se ponía a pensar en su futuro. Segundo, y principal, porque no quería dormirse por temor a despertarse apoyado en el hombro de Carla, todo babeado y atontado, producto de su poco frugal cena improvisada en Retiro. Así que para evitar hablar decidió entrecerrar los ojos y fingir que dormía mientras fisgoneaba los movimientos de Carla.

La muchacha, tras pasar varios minutos con la mirada enfocada en la ventanilla, tomó una agenda de su mochila e hizo un par de anotaciones. Escribía en versos de ocho sílabas y bajaba al renglón siguiente. Así, sucesivamente, hasta completar unas cinco estrofas. Ernesto, envuelto en su ignorancia, no sabía si era una poesía o la letra de una canción de amor. Cuando se aburrió de escribir y de tachar lo que escribía, Carla guardó la agenda en la mochila y sacó dos libros. Uno era “Las aventuras perdidas”, de Alejandra Pizarnik. El otro era “Cuarteles de Invierno”, de Osvaldo Soriano.

Abrió el primero en una página que tenía marcada con un boleto de tren. Y en voz baja, casi imperceptible, recitó: “Carencia: Yo no sé de pájaros/no conozco la historia del fuego/pero creo que mi soledad debería tener alas”. Lo repitió tres veces hasta que una lágrima recorrió lentamente el pulido contorno de su cara. Se secó la tristeza con un pañuelo de tela, cuando la pequeña gotita amenazaba con caer sobre su pecho. Giró la cabeza y miró fijamente a Ernesto, que seguía haciéndose el dormido. Lo observó con detenimiento, con una mirada maternal que culminó con otra sonrisa súper blanca. Era hermosa. Entonces, colocó el libro de poesía junto al apoyabrazos que daba contra la pared del micro y comenzó a leer el prólogo de Osvaldo Bayer que precede a la novela del Gordo Soriano.

Ernesto, casi sin conocerla, sintió la necesidad imperiosa de hablarle. Quería preguntarle porque había llorado con los versos de Pizarnik. Quería decirle que había pasado la juventud leyendo a la poetisa junto con su ex mujer y explicarle por qué Soriano, después de Raymond Chandler, era uno de sus autores preferidos. Pero no se animó. Prefirió girar y seguir con su hundido en su falso sueño. Aunque ya había sumado otra duda a su vida miserable. ¿Y si Carla era la mujer de su vida?

28/4/14

La vida suelta de Ernesto XIII (...)

Antes de subirse al micro que lo llevaría a Villa Gesell y al reencuentro con Salvador, Ernesto se tentó con un sándwich de salame y queso en pan francés que transpiraba grasa debajo de una campana un poco sucia que reposaba sobre el mostrador de uno de los bares de la terminal de Retiro. Sintió que era lo más rico que había comido en años. Crujiente. Ni el más suntuoso y suculento plato de salmón lo podría haber igualado. Lo bajó con un par de latas de cerveza, bien helada, que tomó metódicamente mientras leía una de las revistas de cómics para adultos con las que se había aprovisionado para hacer más llevadero el viaje.

La última escala antes de subirse al micro fue un obligado y apurado paso por el baño para empezar a descargar la cerveza que ya había comenzado a acumularse en sus riñones y que viajaba con prisa hacia la vejiga. Tras cumplir con la prioridad fisiológica, Ernesto marchó caminó con paso acelerado hacia la dársena y le entregó el bolso a uno de los conductores. El tipo lo miró mal. No supo bien por qué. Imaginó que sería porque llegó sobre la hora. Una mala señal que se repitió cuando subió los tres escalones y se percató que el coche, curiosamente, iba repleto. "Que no me toque alguien que me hable", pensó para adentro. "Que no me toque una vieja", volvió a desear con los ojos apretados, como haciendo fuerza para que se cumpla. Pero no tuvo fortuna. El único asiento que quedaba libre tenía una señora mayor, regordeta e híper maquillada como compañía.

-Hola, joven. Parece que vamos a pasar las próximas seis horas juntos –atacó sin pedir permiso la veterana antes de largar una carcajada insoportable que lo condujo mentalmente a la cara de Stella, la conchuda de su suegra.

-...

-Parece que no tiene ganas de hablar. ¿O acaso es mudo, joven? ¿Es mudo? Ay, mi amor... Si es así anda con suerte porque manejo a la perfección el lenguaje de señas. ¿Sabe? Tengo un vecino, pobrecito, que sufre el mismo problema que usted –vociferó mientras empezaba a mover las manos y hablar lento, tratando de modular cada una de las palabras que decía-. Me llamo Olga. ¿Y usted? Tranquilo, hágame las señas que yo le entiendo todo.

Ernesto se dio cuenta de que la estrategia de no emitir sonido alguno podría conducirlo al suicidio antes de llegar a Gesell. O, en el peor de los casos, a un homicidio.

-Señora. No quiero sonar descortés, pero no me interesa hablar con nadie –trató de poner límites Ernesto- No es con usted.

-Ah, entonces no es mudo. ¿Por qué me dijo que era mudo? Usted es un irrespetuoso –se enojó, inexplicablemente, Olga-.

-Seamos buenos, doña: yo me quedo callado, usted se queda callada y yo le regalo el refrigerio que nos van a dar dentro de un rato. ¿Trato hecho? –le dijo Ernesto con cara de muy pocos amigos y estirando la mano con la intención de sellar el acuerdo.

La mujer, indignada, no pudo soportar el desplante de Ernesto...

-No me toque, insolente –comenzó a gritar Olga-. ¿Quién se cree que es? Además está borracho –siguió vociferando-. ¡Chofer, chofer! Este joven me está molestando –denunció a viva voz.

Ernesto no sabía dónde meterse. Trataba de calmar a la vieja, que cada vez estaba más sacada. Ernesto gesticulaba con las manos, como tratando de frenar los embates de Olga. Le pedía silencio, pero ya era tarde. Todos los pasajeros estaban al tanto de la opereta. Y, para colmo, el chofer que lo había mirado mal antes de subir al micro se acercaba a paso acelerado.

-Yo sabía que vos me ibas a traer problemas. Ya tengo un sexto sentido desarrollado... A ver, vos, bajate. Dejate de joder. No te quiero acá arriba.

Ernesto, resignado, tomó su campera y la bolsa en la que guardaba las revistas y, con tal de sacarse de encima el problema, encaró hacia la puerta. El viaje a Gesell debería esperar un par de horas. O tal vez, ésa era una señal de que no debía ir al encuentro de Salvador.

-Pará, pará. ¿Qué hacés? –se escuchó una voz indignada desde el fondo del micro- ¿Por qué te bajás si no hiciste nada? –la que hablaba era una chica, pero casi no podía verla por la poca luz que había-. Señor: él no tiene nada que ver. Yo escuché toda la secuencia y la señora, como mínimo, está exagerando. Por no decir que está inventando todo. Hagamos esto. Yo le cambio el asiento a la señora. Y lo dejamos al muchacho viajar tranquilo. ¿Les parece?

-Callate, mocosa. ¿Quién sos? ¿La Madre Teresa? ¿A quién le ganaste? ¡Yo no me cambio de lugar un carajo! –volvió a gritar Olga, que ya había empezado a convertirse en el ser más antipático del coche y de la terminal de micros-.

-No se hagan problema. Yo le dejo mi lugar y ocupo el asiento del muchacho –terció otra señora mayor, que estaba sentada junto a la chica, para intentar zanjar las diferencias-. Que él se siente acá atrás con ella. Además, acá viene todo el olor a podrido del baño. Ya huele mal y todavía no salimos –se justificó.

-Bueno... Andá a sentarte ahí y no te busques más problemas –le ordenó el chofer con mala cara a Ernesto, mientras enrocaba de butaca con la otra vieja, una mártir que debería fumarse durante seis horas a la loca de Olga.

Ernesto volvió sobre sus pasos y antes de encarar hacia la última fila le agradeció a una de sus salvadoras. A Olga ni siquiera la miró...

-Señora, muchas gracias. Espero que le sea leve el viaje...

-Quedate tranquilo, pibe –le dijo y le guiñó el ojo izquierdo-.

Ernesto pensó en darse vuelta e insultar de arriba a abajo a Olga. Pero contó hasta tres y se calmó. Para qué volver a complicar las cosas. Ahí fue cuando vio por primera vez a la chica. Tenía unos 25 años, morocha, ojos marrones bien grandes y una sonrisa hermosa, repleta de dientes súper blancos.


-Gracias –se presentó con algo de timidez, sin mirar a los ojos de su salvadora-. Me llamo Ernesto...

-Yo soy Carla...